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jueves, 4 de agosto de 2011

Esta no es vida

A
la abuela,
mi vieja del alma.


"A mí no me tomen foto, carajo. Que yo no soy burla
 de nadie, les he dicho"
Ustedes creen que esto pueda ser vida: una mujer que ha criado doce hijos, treinta y dos nietos y seis biznietos, y que tenga que pasar la vejez en medio de esta soledad, desamparada, y sin nadie en el mundo a quien quejarse, a quien decirle "Ve, dame tal remedio para tales males" o, simplemente, "Carajo, hijos de mierda, denme para comprar el arroz, que el único granito que había se me acabó la semana pasada".

Nada. Jesús, María y José, no, esta no es vida. Nada más fíjense en el vestidito que llevo puesto: ya no le cabe ni un remiendo más. Claro, es que las cosas tienen que acabarse de tanto darles uso. Antes ha durado mucho: todos los días del mundo me lo quito, lo lavo, lo pongo a secar al sol, y me lo vuelvo a poner. Pero, bueno, y entonces qué hago. Yo no me puedo quedar desnuda, y no tengo más.

Eso es lo que más me mortifica: que esos hijos no se acuerden que existe este pobre ser. A veces me pongo a pensar en eso y no lo creo. No me puede caber en la cabeza la idea de que puedan ser tan ingratos, sin espíritu, ni iniciativa. No son capaces siquiera de decir voy a hacer este mercadito, y se lo llevo a mamá o a esa porquería o a ese pobre animal, en fin, como quieran llamarme, que debe de estar con el ojo blanco, muriéndose del hambre. Y de dónde: si ellos quieren, precisamente, es verme muerta para salir de este estorbo. Y cuál estorbo: fuera que yo les importara en algo o los molestara en cualquier cosa. Es que yo para ellos soy nada, nada en el mundo.

Tengo mareo. Cuando camino, siento como si me menearan de un lado a otro. Me duele la cabeza. Es un tremendo dolor de cabeza que me da todos los santos días. No me puedo mover: la mortificación de ese calambre, de ese escalofrío que me corre desde la punta de los dedos de los pies hasta la frente, recorriéndome todos los huesos, no me deja hacer nada. Los ojos me arden, tengo que cerrarlos a cada rato, y cuando los abro veo una cantidad impresionante de punticos negros revoleteando en el aire. Y a ninguno de esos hijos míos se les ocurre decir "Voy por aquella pobre cristiana y la llevo a donde un médico, porque ella también tiene derecho a enfermarse". Jesús, qué vida esta, la mía.

No, yo no digo que me tengan como a una reina. Carajo, pero al menos se acuerden de mí. Que se acuerden que la mujer que los parió todavía está en este mundo. Cuántos hijos no desearían tener a la mamá viva para atenderla. Sin embargo, a estos míos no. Antes, por el contrario, ellos darían cualquier cosa para que yo no existiera. Pero no me da la gana de morirme.

Con dos de sus hijos y una partía de nietos
Ahora, si no tuvieran cómo, que no hubiera manera, que los pobrecitos vivieran arruinados: ahí sí, yo no diría nada. Todo el mundo en este pueblo tiene que fijarse en eso: yo aquí tan sola, tan abandonada, viviendo de las benevolencias de la gente, pasando trabajo como sólo Dios sabe. Y, sin embargo, con doce hijos bien criados, casados todos, habitando en casas ostentosas, tirando lujos hasta por los codos, con mujeres y maridos elegantes.

Fíjense nada más, para que vean que yo no hablo por hablar, como dicen. Ya estamos a finales de febrero, y ni siquiera se han aparecido para darme el feliz año. Tampoco vinieron en Navidad a traerme cualquier regalito y con eso taparme la boca, para que yo no les siga echando lengua desde esta hamaca. Esa es otra cosa: miren esta lona (hamaca porque está colgada y me acuesto en ella, por eso nada más) como está, llena de mugre. No le cabe un suciecito más. Pero ahí es para lavarla. Y cómo. Con qué fuerzas, si estos brazos ya no me sirven para nada. Miren como se bambolea la carne, aguada de tanto trajinar. Ayer nada más cogí una olla de agua para regar los palitos que están sembrados al frente de la casa, y cuando iba en mitad de la sala, ¡zas!, se me cayó. Es que ustedes pueden creer que un ser humano como yo, con tantos años encima y pasando tanta hambre, pueda tener fuerzas. Imagínense que hasta los pies me arrastran. Sí, ya ni con ellos puedo. Yo ya estoy viviendo horas extras.

Un Día de la Madre. Por eso no le gustaban las fotos: "salgo asustá"
Estoy acostada aquí, esperando la muerte sin querer morirme. Aunque sé que la tengo cerca, rondándome, esperando cualquier descuido mío para darme el zarpazo final. Vivo pensando en ella desde hace treinta años, cuando me trajeron el hijo mayor muerto de un tacazo de billar en la cabeza. Y los tres nietos que yo estaba criando entonces, cogieron las tazas de plástico que paraban el agua debajo del tinajero y me daban palmaditas en los pies, con las manos mojadas, para que yo no llorara.

Desde entonces, la muerte ha visitado a estas cuatro paredes de barro tres veces más. Y siempre he creído, hasta lo he gritado a los cuatro vientos, que la próxima víctima voy a ser yo. Pero no: parece que ni siquiera ella quiere cargar conmigo. Eso sí: ya les he mandado a decir a esos zánganos que cuando me muera no les voy a dejar vida tranquila, que todas las noches les voy a salir a jalarles los pies. Y están advertidos desde hace tiempo: a mí no me van a comprar un ataúd lujoso, como lo han hecho con los otros, carajo, que para lo único que sirven esos mierdas es para la apariencia. Y si no me hacen caso, me salgo del cajón y les armo un alboroto de los mil demonios para que aprendan a respetar los deseos del difunto. Sí, porque yo nada voy a hacer con estar rodeada de atenciones y de cosas bonitas después de muerta.

La segunda vez que vino (la muerte, digo), se llevó a mi marido, inválido durante los diez últimos años de su vida y el padre de esa partida de desgraciados. (El pobre: cuánto no sufriría, si estuviera vivo, viendo el comportamiento de esas porquerías). Bueno, después vino y se llevó a Flor, del último par de gemelos que tuve, y la única hija soltera que quedaba. (La pobre: de cinco mujeres, ella era la que más se acordaba de su madre. Siempre estaba pendiente para mandarme cualquier cosa con cualquiera que viniera al pueblo). Una enfermedad larga se la consumió poco a poco ante la mirada de impotencia de todos, incluso, de los médicos. Dios me la guarde en su Santo Reino.

En Fundación, la finca del alma, con tío Ito, Carmen y dos de sus nietos
Y el veinticinco de febrero que acaba de pasar, cumplió un año de muerto Antonio de Jesús. Murió jovencito mi pobre hijo: de 43 años. Tan saludable que se veía, tan gordo, tan rosado y tan lleno de vida. Un derrame cerebral me quitó al único de mis muchachos que venía a verme mensualmente, con una caja de comida. Y, como si eso fuera poco, iba a la tienda de la señora Alicia o a la del señor Gonzalo a pagar lo que me habían fiado. Aún así, la gente me critica que todavía lo siga llorando, un año después de su muerte, dizque lo único que logro con eso es poner su alma en pena.

No sé cómo pretenden que no lo llore, si él era tan bueno conmigo. Además, era el papá de uno de los muchachitos que yo crié, y que ahora estudia en Bogotá. Esa es otra de mis mortificaciones: vivo pensando día y noche en ese pobre cristiano, estudiando por allá tan lejos y tan solo, pasando hambre y amarguras, sin tener quién lo socorra, ni a quién pedirle siquiera cinco centavos. Porque con esos tíos que se manda, ahí sí ni esperanzas. No sé cómo hará para poder subsistir. Es idéntico a su padre: todas las vacaciones viene a visitarme, se sienta aquí al lado mío y empieza a preguntarme mariconadas: como que va a escribir un libro, según me dijo. Yo siempre termino diciéndole las mismas palabras: “déjate de locuras conmigo. A mí no me metas en tus pendejadas. Ve a hacer algo que valga la pena". Ahora, en el último viaje, lo vi muy flaco, el pobre: los meros huesos forrados por el cuero. Por eso le embutía todo lo que pudiera comer, para que matara el hambre viaje que traía de esa ciudad. Cuando se iba a subir en el carro, ya de viaje otra vez para continuar sus estudios, lo único que se me ocurrió decirle fue que cuando sepa la noticia de mi muerte, que no se le vaya a ocurrir venir para el entierro: "Tú no tienes maneras, hijo", le dije.

Como se han podido dar cuenta, vivo pensando en la muerte. En qué más puede pensar un ser tan solo en el mundo como yo. Si voy al monte a defecar (ni eso han podido construirme: un baño. Bueno, ellos dirán que como no tengo qué comer, tampoco tengo qué cagar), como les decía, si voy al monte, tengo que hacer esas cosas corriendo porque pienso que voy a quedar ahí, y entonces me van a encontrar desnuda. Lo mismo me pasa cuando me baño. Si estoy durmiendo despierto azorada con mis propios ronquidos, porque creo que me estoy muriendo. Cómo será esa angustia, que a veces estoy sentada y me cojo a pellizcos para comprobarme a mí misma que todavía estoy viva.

Sentada donde siempre: al frente de su casa, en la amada La Junta, el pueblo
¿Y que a ninguno de esos hijos les importe? No, es que eso no puede ser cierto. No me cabe en la cabeza. Claro, lo que quieren es que me vaya para allá, para donde están ellos, que deje esta que ha sido mi casa, dizque no me va a faltar nada, pero no, señores. Estoy muy vieja yo para a verles malas caras a sus mujeres o a sus maridos. No, señor, para esa gracia, muchas gracias. Me quedo en mi casa, que sé que no le estoy haciendo estorbo a nadie, recibiendo la visita de la gente del pueblo.

Dios mío, eso es otro martirio. Ustedes creen que a mí no me avergüenza que vengan a visitarme y vean esas paredes llenas de huecos. Ay, Señor, por las que tiene que pasar un ser sin doliente. Esto parece un salón de geografía: las capas de cal que se han desprendido, han dejado espacios muy similares a los mapas.

Por estas tierras llueve muy poco. Pero cuando lo hace, son tremendos huracanes con tormentas eléctricas y todo. Es cuando más me apego a las ánimas del Purgatorio. Porque empieza la casa a zarandearse de arriba a abajo, de un lado a otro. El techo traquetea hasta más no poder. Y yo adentro, como loca, tratando de acomodarme en cualquier rincón, donde no haya caídas de goteras. Pidiéndole a la Divina Providencia, al Sagrado Corazón de Jesús, a la Virgen del Carmen, a todos los santos, a las almas benditas que han encontrado el descanso eterno en la infinita misericordia de Dios, que me favorezcan, que no me permitan morir bajo los escombros de mi rancho devastado por la furia incontenible de esos aguaceros diabólicos.

Aunque, para qué hablar pendejadas, debo reconocer que para el día de la madre me llenan de regalos. Pero, la verdad hay que decirla, son cosas inservibles. Al menos, para mí. Y, entonces, se ponen bravos. Que a mí quién carajos me entiende. Que me la paso quejándome dizque porque no me dan nada. Y que cuando me traen algo, enseguida le pongo "peros".

No se detienen a pensar un poquito. El día que me regalaron la estufa, les dije que ese era otro dolor de cabeza para mí porque yo de dónde iba sacar la plata para comprar el cilindro de gas cada ocho días. Cuando dieron el juego de vajillas les grité que esa vaina se iba a cansar de estar guardada, esperando que la use, sin tener comida para poder ocuparla.

La mañana que me trajeron la licuadora les arremetí diciéndoles que lo único que licuaría serían piedras porque yo no tenía cómo buscar las frutas para hacer los jugos. Cuando bajaron la nevera del carro fui clara en decirles que esa cosa no serviría sino para gastar más luz y, en consecuencia, ponerme a pensar de dónde jalaría dinero para pagar los recibos, que yo no tengo nada qué meter en ella, ni siquiera agua, ya que el acueducto de este pueblo vive dañado.

También me obsequiaron un televisor. Y ese mismo día los regañé, para que aprendan a respetarme: una persona con luto no puede tener en su casa un aparato que lo único que haría sería inquietar, con su bulla, la tranquilidad del dolor espiritual. El luto: otra crítica que me hacen. Que no es posible que lleve ya más de treinta años vestida de negro cerrado, dicen. Yo les respondo que no tengo la culpa de haber sido golpeada tan duramente por el destino: cuatro muertos en la familia es motivo suficiente para guardar luto toda la vida. Además, para qué una persona con más de setenta años a cuesta, edad en la que no puede andar pensando ni en el baile ni en pintarse la cara ni en lucir vestidos de colores ni de andar escuchando cuanto alboroto se le presente, díganme ustedes si no, para qué una persona así se quita de encima lo único que la ha ayudado a sobrevivir en medio de una soledad espantosa.

Entonces, me traen vestidos elegantes de luto y de medio luto. Ahí están todos en el baúl: yo no tengo por qué andar vestida finamente en mi propia casa. Tampoco vivo en la calle, de casa en casa, como para decir “listo, esa ropa me sirve”. Hace poco me trajeron unas chanclas blancas, de cuero, bastantes suaves por cierto, con un tejido de lana que cruzaba el empeine del pie; cogí una rabia de los mil demonios y se los dije enseguida: “Háganme el favor de llevarse esas vainas de mi casa porque yo nada voy a hacer con esas ovejas atravesadas en mis pies”.

Por ahí les he oído decir que me van a regalar un juego de sala. Y ya les mandé el recado: que no sean tan descarados, carajo, que si lo que quieren es ir preparando el sitio donde sentar la visita, en el momento que vengan a dar el pésame, que, por lo menos, esperen el día de mi muerte.


Cuento publicado en 1990