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martes, 9 de agosto de 2011

Has vivido

"El hombre superior es impasible por naturaleza: poco le importa que le alaben o le censuren: no escucha más que la voz de su conciencia", Napoleón.

Por John Acosta


Ahí estás ahora, sentado en una silla del parque. En la misma silla de siempre. Con el cigarrillo sostenido por esa larga y huesuda mano derecha. Te lo llevas a la boca, aspiras profundo como queriéndote tragar, junto con el humo y de una vez por todas, la amargura y la agonía de cinco años de angustias. Arrugas los ojos, inspirándote en el inmenso placer que te produce aquella bocanada de aire. Y, protegido por la sombra agradable del palo de mango, recibiendo el azote invariable de esa brisa ardorosa, ves venir los recuerdos inclementes que golpean con salvajismo tu memoria, días tras días, años tras años.


El estudiante soñador que salió de ese pueblo del alma con la firme esperanza de volver hecho un profesional, el único de su familia. Lo añoras con un nudo en la garganta. Pero no lloras: no te da la gana de hacerlo. El mismo que alquiló una pieza escondida en el sur de aquella ciudad inmensa y agobiante, levantada en un páramo por un conquistador español.

Lo ves tirado en un colchón rodando por el suelo. Dando vueltas, luchando contra el frío infernal y contra ese maldito insomnio que lo atormenta todas las noches. Ahí, con el estómago recogido por el hambre, escuchando el concierto de sus tripas brindado en honor a los tres días de ayuno involuntario, recuerda al niño feliz que brincaba por las calles polvorientas de su pueblo: el niño descalzo, con sus costillas al aire libre y sus pantaloncitos cortos, que desafiaba a la miseria robándole un trozo de felicidad a la inocencia de sus cinco años.

El niño que fuiste. Soñabas con ser grande en todo el sentido de la palabra. Con ser famoso: actor de cine o cantante o poeta o escritor o... malo. El malo de las películas gringas que veías, sentado en el piso con otros niños, en los televisores de los ricos del pueblo. Cualquier cosa querías ser, con tal de ser conocido por todo el mundo.

Muchos años después no eres nada de eso. Ni actor ni cantante ni poeta ni escritor ni...malo. Eres un profesional con los bolsillos vacíos que se sienta todas las tardes en la misma silla del parque, a recordar las mismas cosas, a añorar las mismas cuestiones que el muchacho de otrora, mientras se fuma un paquete de cigarrillos.

Recuerdas al bachiller admirado por todos. El ejemplo de los otros hijos de los otros papás. El que bajaba al río envuelto en una toalla a las seis de la mañana, se bañaba en calzoncillos en el chorro del salto, y regresaba a su casa con los rayos del sol naciente metiéndose por sus ojos.

Descubres que ese bachiller aplicado eras tú. Te tomabas el café con leche y te comías el huevo frito y la arepa asada, preparados afanosamente por tu abuela desgreñada. Y te ibas para el colegio. Atrás quedaban siete primos, tres mayores y cuatro menores, que se iban para el trabajo a tirar machetes en el monte unos, o a barrer el patio, arreglar la casa y lavar los trastos del desayuno, las mujeres.


Prendes un cigarrillo con la colilla de otro. Tres jovencitas llegan hasta tu silla. Son las únicas personas que te respetan en el pueblo: los estudiantes que todas las tardes se te acercan a pedirte que les ayudes a hacer las tareas que les pusieron en la escuela. Y de nuevo, la cinta reveladora de los tiempos pasados fija en tu memoria las imágenes de tu vida remota.


Te ves caminando solitario por las calles turbulentas de esa ciudad grisácea. Con las manos en los bolsillos siempre rotos del pantalón, la mochila de fique colgando del hombro izquierdo, sin haber probado un bocado de comida, como siempre, con el cerebro cruzado por miles de pensamientos oscuros. Con la decepción de no haber alcanzado a entrar al banco, porque al pisar el umbral de la puerta, el empleado encargado de giros te grita: "Nada, maestro, no ha llegado un carajo". Te sonrojaste al sentir las miradas cargadas de lástima de los demás clientes. Por eso, dejas dibujar una sonrisa en forma de mueca en tu rostro para responderle al empleado:

- No, hermano, si yo venía era a saludarlo.

Enamorado siempre de la novia de turno, caminabas con la esperanza puesta en ella. La deseabas enseguida para que te consolara. Para que te preparara, con una dedicación infinita, cualquier cosa de comer. Llegabas a una casa y timbrabas. (Las casas de tu pueblo permanecen siempre con las puertas abiertas). La novia salía resignada a escucharte.

- Vengo hecho mierda - empezabas diciendo.


Lo hermoso de las vacaciones. El reencuentro con tu gente. Las muchachas del pueblo coqueteándole al futuro profesional, deseosas de que te fijaras en una de ellas. Las mismas que años más tarde, casadas ya con hombres diferentes a ti, por supuesto, se burlaban del hombre sentado en el parque. Los siete primos recibiendo alborozados al pariente culto. Los mismos que tiempo después, debían vestir y mantenerle el vicio de fumar al único profesional de la familia. Y los buenos amigos, rondando la casa, muriéndose de las ganas de saludar al recién llegado, el único que había tenido la osadía de salir del pueblo a buscar un futuro mejor en las aulas de una universidad. Son los mismos amigos de ahora, que te invitan a parrandear y no te permiten que pagues la cuenta con ellos: no tienes de dónde.


Ya se van las jóvenes, conformes con tu ayuda. Seguramente mañana, el profesor las felicitará por llevar las tareas bien hechas. Las ves partir, agradecido con ellas por haberte permitido ser útil. Mañana volverán, seguras de encontrarte ahí, en el mismo sitio, dispuesto a colaborarles en todo. Fumas complacido. Y otra vez los recuerdos perturbadores.

El día que fuiste a empeñar tu máquina de escribir, ¡cómo olvidarlo! Llovía. Caminabas sin paraguas con la máquina envuelta en una bolsa de plástico. Te habían dado un ultimátum: o pagabas por lo menos un mes de arriendo, de los cinco atrasados, o tenías que entregar la pieza. ¿A quién pedirle prestado? ¡Si a todo el mundo le debías! No tenías más nada de valor: ella, que era tu único consuelo en esos días y esas noches tan largas y tan frías. Te sentiste ruin, aunque sabías que no había otra salida. Llorabas. Pero nadie en la calle lo notó, afortunadamente: tus lágrimas, que rodaban por tu cara, se confundían con las gotas del aguacero que bañaba copiosamente tu rostro. Qué carajo, te decías, ya vendrán días mejores.


Sí, terminaste tu carrera. Cierto. Y te lanzaste al mundo feliz, victorioso, ansioso de encontrar al fin la época de las vacas gordas. Golpeaste puertas, se te abrían, te escuchaban, te prometían. Llenaste hojas de vida y las repartías, aquí, allá. Esperaste dos, tres, cuatro años en esa ciudad glacial, revolcándote todavía con las vacas flacas de ese período de angustias. Inútil espera. Regresaste a tu pueblo, dispuesto a convertirlo en tu plataforma de lanzamiento. Llegaste cargado de energías, a pesar de todo el desgaste en la gran ciudad.


Ahí estás ahora, sentado en una silla del parque. En la misma silla de siempre. Hace ya un año. Desde ahí le escribiste al alcalde, después al gobernador. Y nada. Hace días esperas ansioso la respuesta a la carta que enviaste al propio presidente de la República. La esperas ahí, sentado, mientras le ayudas a hacer las tareas a los pequeños estudiantes de primaria, pensando que, de pronto, a alguno de ellos se le ocurra, más tarde, salir también del pueblo a terminar una carrera, para engancharse a trabajar enseguida, casarse y tener hijos que también estudiarán y trabajarán como sus padres…