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miércoles, 26 de agosto de 2015

La rivalidad entre Diomedes Díaz y Jorge Oñate, contada por un oñatista

Por Guillermo Amílkar Cuello Molina

Ese día, no estaba dispuesto a aceptarle más indirectas e insultos a los diomedistas. Empecé a temprano por la tarde a tomarme unas cervezas donde el señor Carlos Nieto, que había hecho un estaderito  al lado de la bomba que gerenciaba, justo donde construyó  su casita; solo un par de personas degustaba tranquilamente en aquella tarde calurosa y la cerveza fría rodaba por las gargantas refrescando el cuerpo y calando esa sensación de euforia interna que produce el alcohol poco a poco, una mezcla del calor sofocante y el frío de la bebida que generaba un temple sabroso que iba soltando lenguas y personalidades escondidas.

Ese día, iba a degustar con la tranquilidad de un seguidor furibundo el acetato de Jorge Oñate y Juancho Rois: Trece aniversario, era el título del trabajo discogtráfico. Corría el año 1982 y en el mencionado sitio nos habíamos citado mi amigo Juan Carlos Moreno, oñatista como yo, quien había ido a la cabecera municipal, Codazzi, a comprar el disco que había salido dos días atrás. Cuando llegó,  ya yo le llevaba una ventaja de 4 cuatro cervezas  e, inmediatamente, solicitamos a don Carlos que colocara el long play (LP) y que hiciera una excepción en el volumen. 

No recuerdo cómo surgió en mi esa simpatía por la música de Oñate. Siempre me gustó su estilo y su forma de cantar. Me aprendía sus canciones a fuerza de escucharlas por Radio Guatapurí, la emirosra de la lejana Valledupar,  o en las colmenas de El Cruce, que era como conocíamos en Casacará, el pueblo del alma, el sitio donde había varias cantinas y empecé a empaparme de todo lo referente a la vida de El  Jilguero de América, que era como se le conocía al cantante de música vallenata o de El Ruiseñor del Cesar,  como también le decían por ese entonces. Me sentía muy orgulloso de ser un oñatista, aunque era un estudiante me daba mis mañas para adquirir los casettes del artista y recortaba cuanto artículo o fotografía salía en las revistas y periódicos de la época. Hacía un año atrás se había unido con Juancho Rois, un gran acordeonero que venía a complementar la grandeza de mi artista. Fue una excelente unión  que ratificaron con su LP “El cantante”, que fue éxito total que enmarcó el comienzo de una etapa magistral de Oñate, pero que recrudeció una rivalidad latente entre los seguidores de Diomedes Díaz y los oñatistas.

Tengo que admitir que Diomedes, a pesar de ser un cantante nuevo, arrastraba multitudes y sus seguidores se volvían locos con el artista que se había convertido en un fenómeno musical, casi un dios. Tengo que reconocer también  que, a pesar de ser un furibundo seguidor de Oñate, no era nada comparable con  el fervor con que los diomedistas idealizaban a su artista y esa fiebre musical la sufríamos los oñatistas, que, de todas maneras, estábamos predispuestos a irnos lanza en ristre contra cualquier diomedista que osara lanzar indirectas contra los seguidores de El Jilguero.

Así, pues, la vida en un pequeño pueblo como Casacará transcurría de esa manera, con la precaria información que llegaba a través de las emisoras de más audiencia Radio Guatapuri y La Voz del Cañaguate, también de Valledupar. En las esquinas se formaban corrillos y enfrentamientos verbales. Cada uno defendiendo su posición y su artista. Estábamos en la plena época de oro del vallenato, en donde los compositores se daban silvestres y  parían sus obras de arte, que eran magistralmente interpretadas por los mejores exponentes del vallenato en su plenitud; Jorge Oñate, Poncho Zuleta, Beto Zabaleta, Silvio Brito y Rafael Orozco, de quienes cada LP que salía al mercado eran once joyas musicales que tenían el complemento exacto de música vallenata para escuchar, para parrandear y para bailar.

Beto Zabaleta, Jorge Oñate, Rafael Orozco y Diomedes Díaz, los cuatro
mejores exponentes del vallenato de su época
El vallenato se había metido fuerte y esas canciones iban penetrando hondo en el gusto musical del colombiano, experto en adoptar música extranjera, como lo hizo con la salsa que causó furor y generó una cultura de salsómanos que se quedaron anquilosados en ese ritmo y en esa época y el merengue dominicano, que, como una tromba, invadió a Colombia, siendo el ritmo predilecto que hizo desaparecer la cumbia y las orquestas tropicales, a qiuienes les tocó incluir dentro de su repertorio música merenguera para poder subsistir. Sin embargo, con el vallenato no pudo porque era un género que iba en crecimiento y que era patentado por los mejores exponentes con la mejor inspiración y en la mejor época.

Y allí estaban los dos mejores, Diomedes y Oñate, sin desconocer la valía de los otros exponentes. Pero estos dos eran los que generaban más polémica y se concentraban más seguidores en torno a su música: las discusiones y enfrentamiento, por lo normal, era quién cantaba mejor,  por bonita voz, por su color o por el tono alto al cantar o por la alegría o la interpretación que se le imprimía a cada canción o por la letra y el mensaje del tema, en fin, cualquier cantidad de cosas que pudiera ser tema de discusión o argumento para tratar de ridiculizar al otro cantante ante su seguidor. 

 Los diomedistas siempre sacaban la bandera de que Oñate no verseaba, que era bruto, que en tarima solo cantaba, no interpretaba y que no transmitía nada a sus seguidores y que solo tenía un vozarrón que era lo único que lo salvaba, mientras que Diomedes era intérprete, compositor y cantante, que le transmitía mucha energía a sus sus seguidores y era capaz de llevarlos al clímax en cada canto y que, además, era un verseador nato y componía las canciones que quisiera. Pero había algo que los diomedistas no soportaban y los mantenía con una rasquiñita que les duró siete años; Jorge oñate tenía el compañero que ellos deseaban para su artista, “Juancho Rois“ era la diferencia entre los acordeoneros, un joven avezado y adelantado para su época, que ya había hecho pareja con Diomedes, pero se habían separado; sin embargo, pasaban los años y todo diomedista anhelaba nuevamente esa unión y, cuando conocieron la vinculación de Juancho Rois con Jorge Oñate, automáticamente creció la bronca descomunal hacia El Jilguero y la lengua brava de los seguidores de El Cacique no se detuvo durante seis  años. A pesar de que el artista de La Junta rompía récords en ventas y bailes, y esto lo sabíamos los Oñatistas y le sacábamos punta a esa lanza que puyaba a los diomedistas y nos soslayábamos en cada nota magistral de El Conejo Rois, que les ardía a ellos como nos  ardía a nosotros cuando Diomedes tenía algún logro.

El larga duración comenzó a sonar y, emocionados, mi amigo y yo degustábamos aquellas canciones sin interrupción. Y cada vez no maravillábamos más de la ejecución, del canto y de la letra de las canciones del trabajo discográfico; por supuesto, como siempre, se acercaban diomedistas con ganas de hablar mal del LP, pero quedaban sin argumentos al oír la gran voz de El Jilguero y las notas de El Conejo Juancho. Eran épocas sanas, en donde se construían ídolos e ilusiones en cosas tan sencillas y simples como aquellos cantos y la magnanimidad de ese folclore  que representaba lo más puro de nuestros sentimientos y nuestra cultura, forjando artistas tan naturales y criollos que iban magnificando y ubicando en un pedestal. 30 años después, con muchas canas en nuestras sienes, seguimos anclados en esa época. Aquellos que vivimos esa fiebre, seguimos escuchando aquellas canciones que nos producen el dolor de la nostalgia de aquellos tiempos vividos a plenitud y de los cuales tuvimos el privilegio de   ser protagonistas.

El Jorge Oñate de la novela y el real: el papel televisivo lo hace el hijo real
del cantante
Hoy chocándonos con la cruda realidad de aquellos artistas que movieron voluntades, nos toca asistir a la degradación profunda de su imagen, realizada por aquellos medios de comunicación que se han dedicado a escarbar en lo más profundo de su personalidad,  que mucha gente no conocía o se negó a creer, presentando a un Diomedes corroncho,  vicioso, alcohólico, mujeriego, mal padre en vez de hacer un enfoque en su obra y su talento que fue más grande que todo eso. No sé qué sentirán los diomedistas al ver todo esto pero puedo asegurarles que la gran decepción que sentí cuando en la novela de RCN presenta a un Jorge Oñate ridiculizado por el libreto, presentándolo a su vez como una persona egoísta, envidiosa, embustero, prepotente, paranoico, cují en extremo, con ínfulas de ser el mejor y como alguien caricaturesco sin detenerse un poco en la grandeza también de su obra.

El autor del presente
artículo
Hago caso omiso a los que tratan de exteriorizar lo que era Jorge Oñate en esa bonita época en que su canto fue medido con el del gran Diomedes y me imagino que habrá sufrido lo que sufrimos nosotros defendiendo su música. Pienso que si tal vez es cierto lo que ahí  en esa novela plasman a lo mejor no hubiese perdido mi tiempo defendiendo a alguien tan  bajo como ahí lo presentan, pero me enfoco más en su legado musical y en los momentos que vivimos cuando todavía se podía soñar y el amor y las buenas costumbres estaban a la orden del día. Sigo siendo seguidor de Jorge Oñate, aunque ya no cante y aunque tenga problemas judiciales, en donde hasta que no sea proferida una sentencia que lo condene, para mí sigue siendo inocente.



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