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domingo, 3 de enero de 2016

Eduardo Zedán Acosta, el pincel costumbrista codacense que está por encima de los colores partidistas de su tierra

Eduardo Zedán Acosta, sentado en medio de su hija, su nuera y su nieta. Su
esposa Iris los observa y su hijo Brian lo respalda de pie
Por John Acosta

El primer recuerdo que tengo de él es, por supuesto, en La Junta. Allá vivíamos los tres primos montunos que la vieja Aba, la abuela, criaba junto a su esposo, El Tone, el abuelo. Y todas las vacaciones llegaban los primos del lejano y próspero municipio de Agustín Codazzi, en el vecino departamento del Cesar, así, sin tilde en la e. Venían los mayores que nosotros, como él, los de la edad de nosotros y los menores de nosotros. Era una romería bulliciosa que nos alegraba el espíritu rural de niños inocentes con sus decencias urbanas, pero nos partía el alma cuando ellos debían regresar a su tierra y nos dejaban huérfanos de sus aventuras.

Hasta hoy había pensado que él no debía firmar sus cuadros como los firma sino con el apelativo con que lo llamamos cariñosamente en la familia: Tato. Sin embargo, pensándolo bien, sus pinturas no son producto de las vivencias familiares; sus trazos recogen la cotidianidad de su tierra amada y debe firmarlos como lo conocen sus coterráneos: EZedán. La primera letra tímida de su nombre precede el apellido árabe reconocido en su pueblo. Se trata de Eduardo de Jesús Zedán Acosta, mi primo el pintor.

Eduardo de Jesús Zedán Acosta
Era como un medio día y en el cuarto estaban los primos mayores. El cuarto era como llamábamos a la habitación de barro sin pulir que estaba en la mitad del patio, justo al lado de la cocina. Permanecía solo el resto del año, pero en vacaciones era ocupado por los primos más grandes. El aposento era el que quedaba al lado de la sala. Ese día, entré de impertinente al cuarto y pude ser testigo de la alegría con que Tato contaba su más reciente proyecto. Se trataba de una novela de amor que él estaba escribiendo, cuando ni siquiera había cumplido los 20. “Ya llevo 70 hojas”, decía y empezaba hablar de las características de sus protagonistas. En esa época, el mundo no tenía ni la más mínima idea de que algún día pudiese existir la informática y las máquinas de escribir eran un raro artefacto de oficina. De manera que Tato no podía estar escribiendo su novela sino en un  cuaderno rayado de 100 hojas, que era de los más voluminosos que habían entonces.

Algunos de sus personajes
El destino lo llevó a seguir recreando su mundo con sus manos, ya no pintando palabras con un lápiz en una libreta, sino dibujando la vida con pinceles sobre un lienzo. Los más representativos personajes de Codazzi han sido inmortalizados por los trazos ordenados de Eduardo Zedán Acosta. Recuerdo al Mono barbudo que su felicidad era pasear por las calles con su carretilla llena de cachivaches. Y a la negra escultural que había hecho del pavimento su pasarela, por donde se paseaba como Dios la echó al mundo. Todavía hay que escribir la novela de pasión de estos dos locos porque cuando se tropezaban en su andar, no tenían ningún reato en retozar de amor a plena luz del día, bajos los aplausos de los transeúntes desprevenidos que los animaban a que culminaran la faena. Desde que terminé mi bachillerato en Codazzi, no he vuelto a saber de este par de locos, pero cada vez que los veo plasmados individualmente en los cuadros de Eduardo Zedán Acosta no puedo dejar de evocar los gritos de ánimo que la gradería imprevista les dedicaba en los momentos calurosos de su fogosidad casual.

Otras de sus obras
Cuando regresé a iniciar mi bachillerato a Casacará, Cesar, el pueblo donde nací, porque en La Junta no había colegio de bachillerato, tuve la oportunidad de compartir más tiempo con Tato, pues Codazzi quedaba a más de media hora por una carretera destapada. Mi padre trabajaba con una empresa procesadora de aceite comestible de la capital del país, que compraba las semillas de algodón de las desmotadoras de la región. Mi papá era el encargado de recibir la semilla en la máquina de Casacará y le había dado un empleo a su sobrino de control de semilla para la temporada de ese año. Cuando no estaba de turno, Tato y yo solíamos pasar las noches en la bodega, arriba de los sacos de fique cargados de semillas, cualquiera creería que hablando de todo, pero ya para entonces mi primo se había vuelto mono temático: solo me hablaba de Iris Gómez, el gran amor de su vida. Yo empezaba a garabatear mis primeros cuentos en hojas de block que doblaba en cuatro para simular un libro y Tato me dibujaba las carátulas y algunas escenas internas. Sus pinturas a lápiz eran famosas entre la familia, que lo buscaban para que les hiciera el retrato con que decorarían las salas de sus casas.

Otros personajes de Codazzi
Eduardo Zedán Acosta ha hecho varias exposiciones con sus cuadros. No ha querido salir de su natal Codazzi a buscar mejor futuro en alguna capital donde también valoren su arte. Por muchos años, vivió de los esporádicos cuadros que vendía. Así pudo levantar su casa inicial que un hermano suyo, Fabio, se la cambió por una más amplia, donde cupiera con Iris, ahora su esposa, y sus dos hijos: Brian y Jessica. Así pudo educar a Brian, que ya hizo rancho aparte con su señora y su hija.

Desde hace más de cinco años, un alcalde de Codazzi quiso hacer justicia con el hijo del
Con su amada esposa Iris
pueblo que plasma el costumbrismo del municipio en sus cuadros, y lo contrató como instructor de arte en la Casa de la Cultura. Adultos, ancianos, jóvenes y niños han pasado por la paciencia y dedicación de las enseñanzas de Eduardo Zedán Acosta. Con esa enorme ayuda mensual, Tato sostiene su hogar, le da la educación a su querida Jessica y compra el material para seguir dando fe en sus lienzos del acontecer de su tierra.


Afortunadamente para quienes han tenido la satisfacción de asistir a sus clases, los distintos alcaldes que han llegado a la administración han respetado la labor cultural de este pintor codacense. Y la han puesto por encima de cualquier ideología partidista porque han entendido que Eduardo de Jesús Zedán Acosta es el testigo fiel de las costumbres de Codazzi. Ojalá no exista la excepción de que surja un politiquero mañoso que prive a sus conciudadanos de las clases de este artista del pueblo.