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Mostrando entradas de julio, 2011

El mundo después del incendio

Por John Acosta

El crepitar incesante de las llamas se entrelazaba en el ambiente con los gritos desesperados de las niñas que estaban dentro del rancho encendido. El fuego devoraba sin compasión los leños resecos que componían las paredes de la casa. Una pequeña de tres años corría casi muerta del pavor alrededor de la vivienda que ardía, buscando algún resquicio por donde entrar y ayudar a sus dos hermanitas. No encontró cómo porque la candela estaba regada por todas partes. La rapidez mental de su inocencia permitió que la iluminara la idea de salir a buscar ayuda en la soledad del desierto de la Alta Guajira. Después de dar vueltas en medio de su angustia, se encontró con un indígena que pasaba lejos de allí. El hombre se compadeció del llanto de la pequeña Einma Newball y corrió con ella hasta la ranchería. Era demasiado tarde: ya no quedaba nada. La niña, asfixiada por su propia impotencia, se desmayó.

Punta Gallina, un esplendor natural en La Guajira

Por John Acosta

Un hombre desenreda su red, sentado sobre una roca a la orilla del mar. Está concentrado en su oración mitológica de pescador creyente. Unos doscientos metros más allá, una cabra busca refugio bajo la sombra protectora de una lancha que se encuentra fuera del agua. Al fondo, la proyección del sol de las 10:00 de la mañana da un color plateado, al mar quieto.

Una pequeña, agradecida con el mundo por haberle regalado la libertad de vivir feliz en la soledad del desierto, que le permite andar por esas tierras con su cuerpecito frágil de niña dichosa, cubierto apenas por una pantaletica, mira al viejo que desenreda la red: dos generaciones diferentes, dos géneros opuestos y una sola raza: la altiva wayúu, capaz de enfrentar la crudeza de aquella tierra árida y sin más fortuna que la poesía derramada en su paisaje.

Cerro Pintao sí tiene doliente

Por John Acosta

No está pintado: es real. Su nombre obedece a la coloración especial que toman las rocas sedimentarias que lo conforman. Quien tiene el privilegio de sentarse, extasiado por la extraña felicidad que irradia el espíritu, al ser testigo de un nuevo amanecer, tomándose una humeante totuma de café desde el patio de su casa en San Juan del Cesar, en Villanueva, en El Molino o en Urumita, sin camisa y calzado con guaireñas, puede ser testigo de lo que sucede allá, a 3.450 metros de altura: el amarillo intenso se cierne sobre el último páramo de la cordillera Oriental, a medida que los rayos solares van apareciendo.

Al medio día, cuando el sol está colgado en la mitad del cielo, las personas, bañadas en sudor y desesperadas por un calor agravado con el plato de sopa hirviente que acabaron de tomar, tienen que salir al patio en busca de auxilio bajo la sombra de los palos porque dentro de sus casas el ventilador de techo sopla un aire caliente, ven allá arriba, en la Serranía …

La Junta, un querido rincón en La Guajira

Por John Acosta
Fotografías: Fabián Acosta

El esclavo de Mamá Niña volvió a nacer ese día. A pesar del odio reprimido, alimentado por su condición ancestral de ser inferior, el negro le agradeció en silencio a su ama el que le hubiere perdonado la vida. La Junta estaba formada, entonces, por dos o tres hatos tan inmensos, que el ganado debía clasificarse según el color de las reses. Los dueños eran españoles aventureros que se arriesgaron por esos parajes en busca de sabanas para el pastoreo y se establecieron allí a mediados del siglo XVIII.