Ir al contenido principal

Liberty Seguros me ha "bailado el indio" por ocho meses


Por John Acosta

El pasado 8 de octubre cumplí siete meses de haber tenido un accidente de tránsito, en el que resultaron dos personas con heridas de consideración. Y, en todo este tiempo, he padecido las penurias de sentirme completamente solo en todo el proceso jurídico y penal, a pesar (o como consecuencia, ¡qué contradictorio!) de ¿gozar? de una póliza con Liberty Seguros S. A.

Para iniciar, el día del accidente (domingo 8 de abril de 2012, terminaba la Semana Santa) llamé al #224 a suplicar que me enviaran un vehículo para que me recogiera a mí y a mi familia (yo viajaba con mi señora y mis dos hijas menores, de 10 y 7 años de edad), ya que los familiares del fallecido y del herido, que estaban bastante pasados de tragos, se tornaban amenazantes: nunca llegó el carro que pedía desesperado a las distintas operadoras que me contestaban en las muchas llamadas de auxilio que realicé esa fatídica tarde. Unas tres o cuatro horas después del accidente (estaba a menos de 10 minutos del segundo más grande municipio de ese departamento, y a menos de 20 de la capital del mismo departamento), llegó la grúa que transportaría mi vehículo hasta el parqueadero privado asignado por la Fiscalía del municipio cercano: ahí mismo (en el camión cama baja, por supuesto) pude enviar, solo hasta entonces, a mi familia para que tomara un bus en el municipio cercano que las llevara hasta la ciudad de destino, a una hora del lugar del siniestro. Lo irónico de este asunto es que Liberty Seguros S. A. dizque ofrece el servicio gratuito de un automóvil que lo debe transportar a uno, desde el lugar del siniestro hasta el sitio de destino. Como dije, ese vehículo jamás apareció.  Lo grave de todo, es que los familiares de los implicados perseguían en moto a la grúa, lanzando todo tipo de improperios contra mi familia.  Hace pocos días, traté de hablar con mi hija de 10 años sobre esa amarga experiencia y me dijo: “Papi, ayúdame a olvidar todo eso. Por favor, no me lo recuerdes más”. Todas esas incomodidades se hubiesen minimizado, si Liberty Seguros S. A. hubiera cumplido con enviar el vehículo para transportar a mi familia.

A mí me llevó, a una clínica de la jurisdicción, una ambulancia del concesionario que tiene a su cargo esa importante carretera. Mi brazo izquierdo sangraba copiosamente, pues innumerables esquirlas del vidrio panorámico, o para brisas, se introdujeron en él.  Acepté subirme a este carro de asistencia humanitaria, solo hasta cuando pude, por fin, sacar a mi familia del sitio, así fuera en las condiciones en que lo hice: en la molestia de una grúa.

Apenas llegué a la clínica, desde el portero hasta las enfermeras y médico que me atendieron, me expresaban con preocupación: “Anda, usted es el señor que han venido buscando varias veces  unas personas muy bravas”.  Le dieron prelación a mi estado y me colaboraron mucho en el operativo que me tocó montar para salir escondido de allí y llegar bien a mi casa.

El viacrucis de la entrega provisional del vehículo

Al poco rato del accidente, y como consecuencia a mis pedidos desesperados de auxilio al #224, me llamó un abogado, desde la capital del departamento (que, como se dijo, queda a unos 20 minutos del sitio del incidente), y me dijo que había sido asignado por Liberty Seguros S. A. para asistirme en esos momentos: nunca llegó al sitio y jamás le vi la cara en los cuatro meses de suplicio en que se convirtieron su “asistencia jurídica”.

Me volvió a llamar como a los 30 días del siniestro a decirme que no se había podido hacer el experticio técnico sobre el vehículo porque las llaves no estaban en el parqueadero. De manera que me trasladé, desde la ciudad donde resido, hasta la casa de la ciudad donde vive el abogado (es decir, a unos 90 minutos de distancia) a llevarle las llaves a mi “asesor jurídico” para que él las dejara en el parqueadero privado donde la Fiscalía tenía detenido el carro. No estaba en su vivienda, pero le dejé el encargo con el portero.

A la semana, lo llamé. “He estado muy ocupado, no he podido llevar las llaves, pero ya mismo las llevo. Es más, puede llamar al perito a decirle que ya las llave están en el parqueadero”. Así lo hice. “Esta misma tarde voy a hacer el experticio a su carro”, me dijo el perito.  Se demoró cinco meses para hacerlo.

Lo extraño de todo es que, precisamente, lo que no cubre el seguro, como los gastos de parqueo, es donde hay las más serias deficiencias. Por más que llamaba al abogado para que exigiera que se le hiciera con prontitud el experticio el carro, nunca pude obtener más que excusas banas y promesas incumplidas. No me dio la gana de ofrecerle comisión adicional ni al perito ni al abogado que me asignó el seguro porque no seré yo quien fomente la corrupción. Me tocó quejarme ante Liberty Seguros S. A. por la negligencia del abogado que el mismo seguro me asignó.  El 11 de julio de 2012 (tres meses y dos días después del siniestro), la nueva abogada asignada por Liberty me envió a mi correo los requisitos necesarios para su representación.  El 10 de agosto me hicieron la entrega provisional de mi vehículo ¡Cinco meses después del accidente! Eso es inaudito porque estos procesos no alcanzan a demorar 15 días y, en el peor de los casos, puede llegar, como máximo –y exagerando- al mes.

De manera que ahí hay un detrimento patrimonial importante, no por culpa mía –ni más faltaba-, si no por la falta de interés del primer abogado que me asignó el propio seguro, quien dilató, de manera considerable, el proceso de entrega provisional de mi vehículo. Cualquier persona consideraría obvio que es Liberty Seguros S. A. quien debería asumir el incremento de los costos (el costo adicional de parqueo, los taxis para trasladarme de un lugar a otro en el perímetro urbano, los gastos de pasajes en los buses intermunicipales) como consecuencia de la desidia del abogado que ellos me nombraron.

El 23 de julio y el 10 de agosto, respectivamente, envié a Liberty Seguros S. A., por intermedio del Corredor de Seguros mediante el cual tomé la póliza, solicitando la elemental justicia de que asumieran los mencionado costos por la desidia de su abogado: casi cuatro meses después de la segunda carta, aún estoy esperando la respuesta, siquiera, de alguna de las dos misivas.

Pérdida total y audiencia de conciliación, otro viacrucis

El 20 de septiembre recibí un correo de Indemnizaciones de Liberty Seguros S. A. donde se me notificaba que el carro había sido declarado como pérdida total. Es decir, solo hasta un mes y 10 días después de haber llegado el carro al taller, y por las insistentes llamadas que realicé a la línea 018000 para averiguar sobre el proceso de arreglo del carro, me notifican que hay pérdida total, pero lo duro está en esta parte de la carta que me envió Liberty Seguros S. A.: “…en la medida en que el proceso penal se extienda, lamentamos informarle que el pago total de indemnización no es procedente”. Además, agregaba que “el pago de impuestos de cada año se encuentra a su cargo”.

Pues bien, la Personería del municipio donde está el caso citó a una Audiencia de Conciliación Extrajudicial para el pasado 2 de octubre. No se pudo realizar la audiencia porque el representante de Liberty Seguros S. A., que fue quien me envió la carta de notificación, no asistió. La Personería volvió a citar para el 10 de octubre: tampoco asistió el representante del seguro. Ni para la tercera citación, que fue ayer 23 de octubre.

¿Qué puede uno inferir después de todo lo anterior? Pues que de nada le sirve a uno tener su carro asegurado. Cualquiera podría pensar que el representante de Liberty Seguros S. A. no ha asistido a ninguna de las tres citaciones porque no se siente obligado a pagar el carro antes ni tiene que pagar los impuestos del mismo ¿Le quedaría, a una persona cuerda, razones para volver a tomar una póliza con un asegurador así? Ya llevo ocho meses sin el vehículo y a Liberty parece no importarle.

Lea la solución a este caso en el link http://www.blogger.com/blogger.g?blogID=4743287289620961825#editor/target=post;postID=7738493155310271648

Comentarios

Entradas populares de este blog

Bertha Mejía y “Lucía Arjona” sí son primas, pero en la vida real no fueron tan amigas como las muestra la novela Diomedes Díaz, el Cacique de La Junta

Por John Acosta
Hay que decirlo de una: sí es cierto que Bertha Mejía y “Lucía Arjona” (como la llaman en la novela Diomedes Díaz, el Cacique de La Junta) son primas también en la vida real, sí es cierto que ambas fueron mujeres de Diomedes Díaz y tuvieron hijos con él, pero lo que no es cierto es que ellas hayan sido tan amigas en su niñez y juventud, como lo muestra la citada novela. Reconozco una vez más que un dramatizado no tiene por qué ceñirse estrictamente a la realidad, pero me veo en la necesidad de aclarar públicamente unos puntos, como ya lo hice un texto anterior sobre El Mono Arjona en la novela (El Negro Acosta en la vida real) para ver si disminuye la romería de llamadas que recibo a diario para preguntarme sobre estos asuntos faranduleros. Hay otros datos en la obra televisiva, alrededor de estas dos mujeres, que tampoco concuerdan.

¿Por qué Arias fue a la cárcel y Santos a la Presidencia, si los "falsos positivos" fueron peores que Agro Ingreso Seguro?

Por John Acosta
Cualquiera sabe que es peor el escándalo de los “falsos positivos” que el de Agro Ingreso Seguro: ambos son una vergüenza, pero en el primero se atentó contra vidas y en el segundo no, aunque sí se robaron dinero de campesinos necesitados. Sin embargo, al momento de hacer justicia, el ministro responsable del primer caso fue premiado con la  Presidencia de la República y el ministro responsable del segundo, pagó dos años de cárcel ¿Qué hay de diferencia entre los dos titulares de esas carteras? Uno contaba (cuenta todavía) con el favorecimiento del diario El Tiempo y el otro no.

Diomedes Díaz nunca se robó a “Lucía Arjona” de una supuesta boda que jamás existió en la realidad

Por John Acosta
La enorme imaginación del libretista de la novela de Diomedes Díaz, me hizo romperme la promesa de no volver a escribir sobre las inconsistencias de este culebrón con la realidad. Supongo que la razón principal de sacrificar el enorme atractivo de la verdad, que en el caso del difunto artista de la música vallenata supera cualquier fantasía de dramaturgo televisivo, es que la programadora RCN quiere curarse en salud y salirle al paso a futuras demandas de los protagonistas reales con los que no llegó a ningún acuerdo económico para la realización de este remedo de biografía. O posibles demandas de los tantos escritores repentinos que corrieron a  publicar la historia de este cantante fallecido.