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El Pluma Blanca dejó a los Acosta solos por siempre

Tío Néstor (q.e.p.d.), ahora y antes
Por John Acosta
Me sorprendió la noticia de su muerte. Tenía unos cinco meses de estar luchando contra la terquedad de algunos de sus órganos, los cuales se negaban aceptar que él no estaba viejo. Supe, incluso, que se agravó en la última semana de su vida. Estuvo en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) de una clínica de Valledupar, la capital del Departamento del Cesar (así, sin tilde en la e). La noche en que lo ingresaron, esperábamos lo peor. Todos sus sobrinos, hijos, primos y hermanos, que vivían en la ciudad, aguardaron en las afueras del recinto hospitalario los reportes médicos. Quienes vivíamos lejos de la ciudad, leíamos tristes, en el grupo de whatsapp de la familia, los informes de quienes estaban cerca. Yo lo había visitado en su casa una semana antes y me contagié de su optimismo y de la cantidad de planes que él tenía para el futuro.
Siempre disfrutaba al lado de su madre, hermanos, sobrinos y cuñados
Hoy se cumplen las nueve noches de su partida final. Los que viven cerca asistirán a la misa y, luego, acompañarán a su esposa y a sus hijos en la que fue su casa. Fue bastante gente a su sepelio: personas de sus dos pueblos del alma, La Junta, donde nació y pasó su niñez y adolescencia, y Casacará, donde vivió la mayor parte de su vida. A las cuatro y media de la tarde del martes de la semana pasada, sus órganos enfermos pudieron más que su férrea voluntad de vivir. Yo, ocupado con los vaivenes cotidianos de la inminente entrada a clases de los estudiantes en la querida universidad donde trabajo, no había leído los últimos mensajes en el grupo de la familia. Hasta que una hora después me llamó mi prima Arlett a contarme. No lo esperaba todavía, insisto.

Sus viajes a La Junta
Siempre estuvo al lado de su amada Víctar, "la mujer".
Las secuencias de imágenes vividas con él me llegaron a la mente. La mañana aquella en que su primera pareja se cayó conmigo cargado en sus brazos, cuando intentaba cruzar el río de La Junta. Se llamaba María Elena, una mujer bullanguera del municipio de San Diego, cercano a Valledupar. Fue una relación efímera: recuerdo haberla visto aquella sola vez durante toda mi vida. La noche en que llegó borracho a la casa de mi abuela, procedente de Casacará, junto con un amigo suyo. “Tengo una mujer chiquita de cuerpo, pero grande de carácter”, dijo. Se refería a Víctar, “la mujer”, como la llamaba siempre que ella no estaba presente. “Mi mujer linda del alma”, repetía con lágrimas en los ojos cuando ya estaba pasado de tragos.
 A su ahijada Gisela la acompañó en todos los momentos cumbre de su vida
Esa noche que llegó a la casa de la vieja Aba, su madre y mi abuela, yo tendría unos ocho o diez años. Contó, entre trago y trago, que “la mujer” era tan brava que una vez se le metió un hombre a robarle a la tienda-droguería que él había montado en Casacará. “Cuando la mujer vino a ver, ya el hombre tenía varias panelas en sus brazos. Entonces, ella sacó el revólver que yo tengo en uno de los cajones del escritorio y le dijo al tipo ‘me pones las panelas ya en su puesto o te pego un tiro ahora mismo’. El hombre tiró las panelas al suelo y salió despavorido para la calle”, dijo tío Néstor esa noche. Mi abuela tuvo que ver la cara de fascinación que tenía yo con la anécdota que acababa de contar mi tío recién llegado porque me picó el ojo con una picardía evidente para que yo viera claro que esas historias eran de borracho (haga click aquí para leer el cuento dedicado a mi abuela).
Casacará, su otra pasión
Cuando me fui de La Junta a estudiar a Casacará porque todavía no habían construido el colegio de bachillerato en la tierra de Diomedes Díaz, todavía no estaba pavimentada la carretera que, de Agustín Codazzi, la cabecera municipal, conduce a Bucaramanga. Tío Néstor tenía una moto amarilla, marca Yamaha 80. Una tarde me fui de Codazzi para Casacará con él en esa moto. Y en la mitad del camino nos cogió un tremendo aguacero. Nos mojamos todo, pero los carros que nos sobrepasaban dejaron de llenarnos de polvo.
Yo era feliz cuando estaba a su lado
En Casacará solo vivían dos hermanos Acosta: mi padre y tío Néstor. Cuando mi papá salía de vacaciones en la empresa donde trabajaba, yo me quedaba en la casa de tío Néstor. Eran de los días más felices de mi vida porque él me acolitaba todo. Recuerdo las primeras siete hectáreas de tierra que se compró en terreno plano, trocha adentro. Ya tenía un campero japonés que sacó a créditos en una agencia de Valledupar. En la noche de ese mismo día que compró el Suzuki, tío Néstor llegó a mi casa en Casacará a mostrarle el carro a su hermano. Varias veces lo acompañé en su campero hacia el pedazo de tierra que compró. Se la vendió a un terrateniente vecino, quien le ofreció una buena suma por hectárea como para que no se resistiera a la venta. Le sirvió para comprar otra finca 50 veces más grande, en la Serranía del Perijá. Esa se convertiría después en una de las peores desgracias de su vida, cuando la guerrilla llegara y, con ella, atrajera a los paramilitares.
Cogió a Beto, su sobrino, siendo un adolescente desordenado y lo devolvió
a la vida como a su hijo responsable
La casa de tío Néstor y Víctar en Casacará era la casa de toda la familia Acosta. Cuando me fui a estudiar mi carrera universitaria a Bogotá, no veía la hora en que llegaran las vacaciones para gozar de las parrandas inolvidables que hacíamos donde tío Néstor. Amanecíamos siempre en el inmenso patio y, antes de que saliera el sol, llegaba la mojadera: todos nos echábamos baldes de agua unos a otros y seguíamos gozando empapados.
El boticario preferido
En Casacará, tío Néstor era el médico del pueblo. No había en el poblado un solo enfermo que no pasara por la droguería de tío Néstor a que él le recetara el remedio eficaz que curara los males del cuerpo (haga click aquí para leer el cuento dedicado a tío Néstor). Una vez se me ocurrió escribir un cuento sobre esta faceta de su vida y él lo leía feliz cada vez que se le ocurriera. La gente del interior del país, los cachacos de Casacará, le decían ‘Don Ernesto’. Nosotros le mamabámos gallo con eso y también lo llamábamos así. Como buenos costeños, abreviamos el sobrenombre: le decíamos ‘Don Ernes’. Él era feliz con eso. La gente lo quería tanto que, con solo los votos de este corregimiento, fue concejal del municipio Agustín Codazzi en más de una ocasión. El Partido Conservador era su pasión.
Cada fiesta la disfrutaba al máximo
Mi papá apoyaba a su hermano mayor en todas esas aventuras, a pesar de que eran dos caracteres diferentes. Eran los dos Acosta distintos: mi padre era reservado y serio, como tío José, otro de sus hermanos; en cambio, tío Néstor era abierto y mamador de gallo, como tío Jorge, el menor de sus hermanos. Tío José y mi padre ocupaban buenos cargos en dos reconocidas empresas del país, sin que ninguno de los dos hubiera culminado el bachillerato; tío Néstor y tío Jorge, que tampoco eran bachilleres, se convirtieron en comerciantes independientes, con sus negocios de abarrotes.
La Virgen del Carmen, su mentora
Su último cumpleaños, Casacará le brinda un reconocimiento. Al lado de sus
nieto y de su gran amiga, el último 24 de diciembre que pasamos juntos
Tío Néstor era muy devoto a la Virgen del Carmen. Recuerdo que mi papá sacó un campero, tipo willys, motor Ford, ensamblado en Brasil, línea Ford llanero. Lo compró a créditos en una agencia de Valledupar y lo convirtió en servicio público para que se pagara por sí mismo las cuotas del banco. Se lo entregó a uno de sus sobrinos mayores, mi primo Omar, para que lo manejara de taxi en Codazzi. Al poco tiempo, dos señores le pidieron a mi primo en la mañana que les hiciera una carrera en las afueras del municipio. Eran ladrones de carros, que lo ataron de manos y piernas y lo dejaron tirado en un monte cerca a la trocha. Como pudo, mi primo Omar llegó arrastrando hasta la vía destapada, se desató y fue hasta la Policía a poner el denuncio.
Nunca se me olvida el rostro desencajado de mi papá cuando supo la noticia en Casacará. Tío Néstor subió a mi padre en el Suzuki y se metieron por la trocha a perseguir a los tipos, más de media después del robo. La policía de Codazzi había avisado por radio a todas las estaciones de los municipios vecinos. La policía de San Diego detuvo a los ladrones cuando iban rumbo al vecino Departamento de La Guajira, donde bandas especializadas desvalijaban carros nuevos para vender sus piezas como repuestos. Tío Néstor y mi papá se enteraron del rescate, bien entrada la noche, cuando regresaron tristes y empolvados, pues en esa época ni siquiera se imaginaban que alguna vez iban a existir teléfonos celulares, pues hasta los aparatos fijos eran un privilegio que muy pocos gozaban. Al día siguiente, bien temprano, tío Néstor hizo ir a mi papá hasta La Junta a pagarle la promesa que tío Néstor le hizo a la Virgen del Carmen en esos momentos de desespero: parquear el Ford llanero frente a la iglesia de La Junta, mientras se oficiaba la misa en acción de gracia por el favor recibido.
...Y el desplazamiento
En medio de sus hermanos, tío Jorge (de gafas) y Alcides, mi papá enmaicenado
Una vez apareció en la droguería un pedazo de papel con un mensaje a máquina de escribir. Le pedían a tío Néstor una cantidad de dinero si quería seguir viviendo. Lo firmaba un supuesto frente guerrillero del Ejército de Liberación Nacional. Esa no era, por supuesto, la forma de operar de la guerrilla comunista: era delincuencia común. La cita para la entrega del dinero era algún lugar no determinado en la trocha hacia su finca de la Sierra. Él fue a cumplirla sin un peso en el bolsillo, a pesar de  la amenaza de muerte. Fue en su campero, acompañado de un agente del Departamento Administrativo de Seguridad. El agente iba acostado en el piso trasero del carro, camuflado debajo de un bulto de maíz. En la parte más mala de la vía, apareció un hombre con un revólver y se le acercó desafiante a la ventanilla. Tuvo que detener la marcha e, inmediatamente, el agente bajó y empezó a disparar. El extorsionista alcanzó accionar el gatillo y una bala hirió el hombro izquierdo de tío Néstor.

Aquí puedes ver un video de prueba con apartes de la eucaristía solemne que se ofició en el sepelio de tío Néstor:



Tuvo que pasar muchos años más después de aquel episodio para que tío Néstor decidiera dejar todo tirado en el pueblo, como lo hicieron la mayoría de casacareños, y marcharse sin cinco centavos para Valledupar, huyendo de la violencia guerrillera y paramilitar que había cobrado varias vidas en el caserío. Para entonces, mi padre había fallecido de un derrame cerebral(haga click aquí para leer un texto dedicado a mi papá). El segundo hijo de tío Néstor con Víctar, mi primo Miguel Luis, estaba a punto de terminar Medicina, que la ejercería en la capital del Cesar. Su hijo menor, mi primo Carlos Augusto, iba bastante adelantado para ser ordenado sacerdote en el seminario de la misma ciudad. Y su hija mayor con Víctar, mi prima Aura del Carmen (su primer nombre era en homenaje a su abuela paterna y el segundo, a la Virgen: los dos amores de tío Néstor), se había casado con un médico y también residía en Valledupar. Katia, la mayor de todos, que había nacido de un amor furtivo en Cartagena, se hizo profesional y trabajaba en un cotizado laboratorio multinacional. Tío Néstor vendió su campero y aprendió andar en bus urbano.
Tía Vila (Elvira), tío José, Beto (Nolberto), tío Néstor, tío Jorge y mi tío
político Jorge, el esposo de tía Vila.
A pesar de que todos lo visitábamos en su nueva residencia, tío Néstor, como todos los que salimos de Casacará obligados por las circunstancias, no pudo con la nostalgia. Las canas fueron apareciendo y su cabeza quedó blanca por completo. Eso, y el hecho de ser el consejero de todos, nos hizo inventarle otro sobrenombre: Pluma Blanca. Por supuesto, también gozaba con su nuevo título. Las navidades y los fines de años los festejábamos alegres en la casa de tío Néstor, en Valledupar. Miguel Luis se graduó de médico, ejerció unos años y se fue a especializar en Cartagena; terminó Medicina Interna y se mudó a trabajar en Medellín: le regaló a su padre un campero Mitsubishi Montero.
Carlos Augusto ofició misas en cotizadas iglesias de Valledupar y se fue a Roma a especializar sus estudios teológicos, pero ni siquiera la lejanía pudo apagar el fuego intenso de un amor terrenal que le consumía sus votos de castidad y regresó para colgar los hábitos y casarse con la mujer que lo hacía vibrar. Aura del Carmen se volvió a casar con el hombre que amó desde su adolescencia. Katia perdió a su esposo en un accidente y volvió a ser feliz con su actual esposo.
Tía Mary (María Elisa, de espalda), tío Jorge (de gafas y barba), Argénida
(esposa de tío Jorge), tía Tey (María Esther), Víctar (la esposa de tío Néstor),
Omar (el esposo de tía Tey), la vieja Aba (Aura Elisa, mi abuela) y los niños
Komaye (Carlos Mario, hijo de la prima Gladys), Aurita (Aura del Carmen,
la hija de tío Néstor y Víctar) y Fano (Afranio, el hijo de tío Jorge y Argénida)
Sí, ya había pasado muchos años. El tiempo corría a pasos inalcanzables. Setenta y cuatro años tenía tío Néstor cuando murió. Era joven todavía. Su hijo médico lo llevaba frecuentemente a hacerse los chequeos de rigor a Medellín. En los dos últimos meses estuvo bastante mal. Ya yo le había dicho a mi señora que iba a viajar a Medellín a visitarlo. A los tres días, fue él quien regresó a Valledupar, con una bala de oxígeno. Fui a visitarlo a su casa. La tos persistente lo interrumpía muchas veces en su conversación. La segunda vez que fui, antes de volverme a Barranquilla, me puse optimista: tenía buen semblante y me contó varios de sus planes con la familia. Lejos estábamos de tener la certeza que él había regresado a Valledupar a despedirse de todos.

El ataúd bajó hasta la fosa. Y su nombre, escrito en una cinta violeta que estaba a lo largo de su caja, fue desapareciendo poco a poco a medida que los trabajadores del Parque Cementerio iban colocando las losas: “Néstor Emilio Acosta Mendoza”, dejé de leer fijamente, entre lágrimas de desconsuelo.

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